Oscar Luis Camacho relaciona el buen liderazgo con la formación de la persona. La generosidad, el orden y la gratitud se aprenden mediante la práctica, el esfuerzo y una motivación que mira también al bien de quienes nos rodean.
Las virtudes permiten gobernar las propias acciones para ponerse al servicio de otros. Su desarrollo ocurre en las relaciones: las conversaciones, las lecturas y el ejemplo de las personas cercanas ayudan a reconocer el bien y a actuar de acuerdo con él.
Por eso, el ambiente de una familia o de un equipo de trabajo tiene un papel decisivo. Cuando un líder cultiva hábitos buenos y los expresa en su trato cotidiano, facilita el crecimiento de los demás. La mejora personal y la vida compartida se alimentan mutuamente.

