El temperamento reúne disposiciones naturales que influyen en nuestra manera de reaccionar. Conocerlo permite reconocer tanto las capacidades de un niño como los aspectos en los que necesita apoyo, sin reducir su personalidad a una etiqueta.
Andrew Mullins explica que la educación del carácter puede orientar esas tendencias mediante hábitos aprendidos. La fortaleza y la templanza ayudan a encauzar las emociones; la justicia, a relacionarse con los demás; y la prudencia, a elegir el bien y los medios para alcanzarlo.
Los padres pueden comenzar observando las fortalezas de sus hijos y mostrándoles, con su propio ejemplo, cómo convertirlas en oportunidades para crecer. La manera de acompañar varía según cada niño, pero el horizonte educativo es compartido: aprender a conocer la verdad, actuar con libertad y amar mejor.

